Título: Los hornos de Hitler
Autora: Olga Lengyel
Hace más de un año, debido al coronavirus, me he quedado varada en el aeropuerto cerca de 5 horas y como se me ha olvidado el Kindle me pase a la librería donde encontré éste libro a un precio bastante económico. Por supuesto, había escuchado el título, pero lo cierto es que resulto más escabroso y cruel de lo que me habría esperado en un principio.
Los hornos de Hitler vienen a ser las memorias de Olga Lengyel, una mujer quien fue deportada a Aushwitz —famoso campo de concentración nazi— en 1944. La narración cuenta con algunas escalofriantes imágenes reales en blanco y negro que, aunque escasas, le dan un toque de realidad a semejante pesadilla.
Pero pongámonos en contexto. Corre la segunda guerra mundial y muchas personas se encuentran renuentes a creer en las atrocidades de los alemanes, una de esas personas es Olga Lengyel, esposa del famoso doctor Lengyel. Pese a que un capitán nazi en persona se presenta en su casa a narrarles todas las atrocidades que realizan los alemanes ella esta reacia a creerle, no solo ella si no toda la población. Es quizás esa negación a la realidad lo que provoca que toda la familia de Olga sea capturada y trasladada a un campo de concentración nazi. Olga no lo sabía en ese momento pero las filas son importantes para los alemanes; una fila significa muerte, la otra también, pero es una muerte más lenta.
Aushwitz es el horror, es la peor pesadilla creada por humanos. Ahí donde comes donde defecas, ahí donde duermen treinta en una misma cama, ahí donde te prostituyes por una papa, ahí donde haces formación durante 5 horas y los elegidos caminan a la muerte.
Mientras más lees más te asqueas y piensas, “es que esto no puede ser posible” pero fue posible, ocurrió y un montón de preguntas por fin encuentran su respuesta.
En lo personal me sorprendió saber que la mayoría de los que se encontraban en los campos de concentración eran cristianos y no judíos, para empezar ni siquiera tenía idea de que los cristianos también habían sido perseguidos. Olga nos explica que los judíos eran enviados a las cámaras de gas en cuanto llegaban; los cristianos en cambio llegaban inicialmente a los campos de concentración. ¿Pero para que existían estos campos?, mientras lees el libro te das cuenta de que no servían para nada más que para jugar con las víctimas, los prisioneros no desempeñaban ningún trabajo más que el de sobrevivir, el de no morir de hambre.
Los tan mencionados experimentos en realidad no tenían fundamento, no seguían métodos, ni siquiera las más mínimas reglas del método científico. La narradora nos cuenta como en ocasiones al supuesto científico se le olvidaba seguir su experimento y así el desdichado conejo de indias terminaba en la cámara de gas sin que su sufrimiento le hubiera servido de nada a nadie.
Los números de las víctimas son tan altos que no parece real, miles y miles al día. ¿Y cómo podían los nazis controlar a tantas personas con tan poco personal?, psicología por supuesto, si alguien hacía algo mal el castigo iba para todos, no había reglas establecidas, un día esto podía pasar al otro quizás no.
Engaños y sombras, nadie se encuentra seguro en el mundo de los alemanes.
En esta ocasión no voy a calificar el libro, podría por supuesto hablar de la narración, de cómo la autora uso cada capítulo para señalar como era su existencia, de sus correrías y las ocasiones en que salvó su vida, de la culpa por perder a quienes amaba, pero eso sería calificar una vida, calificar el horror de la historia, calificar el degenere del hombre.
Solo me queda decir que éste es un libro horrible, uno que no puede ser leído en voz alta, uno que duele en alguna parte del cuerpo. Sin embargo y a pesar de que no se lo daría a nadie para leer es necesario conocer nuestra historia para no volver a repetirla así que si quieren conocer esta horrible historia de primera mano, adelante, Olga y sus memorias están aquí para no olvidar nunca, para no repetir nunca, para honrar a los caídos siempre.